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SECCIÓN / Notas de Opinión

“Juegos de azar: Perder o perder”

Por Maricel Etchecoin Moro

24/02/2009

La ludopatía es un trastorno del comportamiento que consiste en la pérdida de control en relación con un juego de azar o más. En la mayoría de los casos, sigue un modelo adictivo semejante al que padecen las personas adictas al tabaco, al alcohol u otras drogas. Es decir, al igual que en éstas, se manifiesta el impulso a jugar que persiste, progresa en intensidad y urgencia, consumiendo cada vez más tiempo, energía, recursos emocionales y materiales. La Organización Mundial de la Salud la reconoce como una “enfermedad o trastorno mental” desde 1992.

El descreimiento generalizado que el trabajo -muchas veces faltante- conduce al éxito, produce que las esperanzas de progresar y de tener un mañana mejor sean canalizadas en el juego. Esperanzas que, cuando la ludopatía se hace presente, son aniquiladas en una magnitud proporcional al tamaño de la ilusión de su realización.

Evidentemente nos encontramos ante un fenómeno extremadamente complejo, que sin riesgo de exagerar, coloca en situación de peligro la salud misma de la población. Habiéndose demostrado que en tiempos de crisis aumenta la recaudación de los juegos de azar, podría pensarse que ésta práctica es utilizada en muchos casos como una válvula de escape: se compra la posibilidad de estar mejor, de progresar y de obtener el bienestar que en suma es el Estado quien se encuentra obligado a garantizar, incumpliéndolo sistemáticamente.

La ludopatía debe ser considerada un problema de salud pública que concentre la preocupación y atención del Estado. En definitiva, lo que se esconde detrás de la ausencia estatal antes mencionada es la alteración de un derecho básico, como lo es el derecho a la salud. Salvo por escasas excepciones, nada se ha expresado sobre los efectos que los juegos de azar producen en la salud de la población, la cual se manifiesta como una situación de verdadero peligro.

Pese a ello, la práctica de juegos de azar sigue reproduciéndose y promocionándose socialmente como una actividad de ocio, diversión, distracción, asociada a la alegría y a la fortuna. En cuantiosas ocasiones se enumeran las mejoras turísticas y laborales que implica la instalación de las salas de juegos de azar. Resulta profundamente necesario que ello sea “desmitificado”, ya que los costos directos e indirectos de tales actividades terminan siendo más onerosos y perjudiciales para el tejido social que los supuestos beneficios que generan.

Este negociado engrandece los bolsillos de un sector selecto de empresarios a costa de ocasionar nefastos efectos sociales, provocando y sumiendo en la miseria material y moral a miles de hombres y mujeres e incluso a familias enteras.

La posibilidad de que en la ciudad de Junín se instale un bingo, nos brinda una nueva oportunidad para el debate de esta problemática. Como bonaerense y legisladora considero que es nuestro deber proteger los recursos e ingresos de quienes más perjudicados resultan, salvaguardándolos de la devastación a la que se encuentran expuestos, por la ausencia estatal en cuanto a políticas concretas para todos los sectores sociales y en su mal accionar en aquellas situaciones de promoción y manipulación del discurso sobre los beneficios del juego. Porque mientras pocos “ganan o ganan”, muchos parecieran estar condenados a “perder o perder”.

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